
Hoy ha nacido Víctor. ¡Una persona en miniatura! Todo lo que dijera sonaría a repetido –no se puede expresar fácilmente los sentimientos que uno tiene-. Así que voy a dejar aquí estas líneas que le dediqué cuando su mamá y yo decidimos lanzarnos a la aventura de hacerle venir; cuando pensamos que ya estábamos preparados para dedicarnos a intentar, brava e incansablemente, que fuera feliz.
Mi terraza da al Bañuelos
y gusto en Primavera y en Otoño.
El sol te alumbra el rostro,
y borra de las cuencas de tus ojos
la semana
y huraño te resistes pero insiste
tozudo y desaprieta las quijadas
tensas, y antes tristes.
.
El sol incandescente de obviedades
disciplinado enciende
festivas lagartijas
que arrancan a correr infatigables
los descascarillados azulejos
por los trazos de tiza
y trepan diletantes las macetas.
.
El sol patina mantecoso
los olmos enfermos de ladera,
la ribera de chopos majestuosos.
El follaje acompaña intermitente
las ruinas del molino que quedan en la orilla
y a la presa
en la recitación del mantra persistente;
aluviones de espuma,
espesa agua corriente.
.
Agarro de la mano a mi María
y pensamos en cuando venga Víctor
y cómo tomará este paraíso,
con su cara toda llena de mocos
con sus agudos gritos, su alboroto
subyugando a sus padres, a los soles
a la presita, al agua y a sus brillos.
Y veo que todo es muy sencillo.
PS: Victor se lanza a los pechos como un mihura. Ahora: para brava, brava: María, que lo trajo tras un parto de 8 horas y ya está explicandole lo que es vivir.

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