
Con Internet las certidumbres están patas arriba. La autoridad del conocimiento, así en basto, parece tenerla Wikipedia, una enciclopedia con un nivel de imprecisión e incluso errores hasta hace poco intolerable. El origen autorizado e independiente de información que ‘nadie pone en duda’ es Wikileaks, una página de filtraciones que ‘dice’ que comprueba y valida la veracidad de lo que publica, pero que defiende sus fuentes tan bravamente que no se puede saber si lo que dice es verdad entera, a medias o inventado (salvo, claro, por las reacciones de la Clinton). Y en este río tan revuelto se ha acabado de ahogar el argumento de Autoridad. Porque aunque nos vendieron la moto de que había muerto con la imprenta, nunca lo hizo. Las autoridades se han sucedido unas a otras, o existen varias autoridades a la vez, pero el esquema conceptual nunca se había extinguido. ¿Que no? ¿Y qué era la Enciclopedia Británica más que un compendio de A.A. cuyas definiciones había que creerse sí o sí? ¿Y el Papa de Roma? ¿Y los profesores en la escuela en la que nos hemos enculturado?

Puede que llegásemos a estar convencidos de que se pasó del argumento de autoridad al sano “poner todo en tela de juicio”, pero factualmente se cambió por una legitimación de cierta gente –autoridades igualmente- en cuyos dictados se podía confiar por que habían demostrado su buen criterio con anterioridad o por estar apoyados en instituciones. Había un status quo en que se aceptaban las opiniones de ciertas autoridades sin temor y sin comprobación, guardando en la manga el as nunca usado del improbable derecho de réplica. En resumen, lo que se proclamó como el fin del argumento de autoridad fue el fin ‘de jure’ de la autoridad para aceptar ‘de facto’ la existencia de autoridades. Pero seguíamos teniendo ‘malos argumentos’. Los argumentos malos son simple y llanamente sobre los que no hay derecho a discusión, los que se aceptan por venir de donde vienen. Aunque sean verdaderos. ¡Qué le vamos a hacer! Para mí, es igual de malo que haya una sola autoridad o varias. Y por muchas imprentas que hubiera, el argumento de autoridad seguía tan vivo como siempre.

Hasta el momento en que Internet se generalizó, -hasta antesdeayer, vamos- el argumento de autoridad tenía derecho de pernada sobre cualquier nuevo planteamiento o idea. El verdadero poder del argumento de autoridad no venía de la tradición, ni de lo intachable o lo cabal de sus enunciados. ¡Ni mucho menos! La violencia de su poder consistía en la capacidad de ser difundido. Dicho de otro modo, para que tus argumentos tuvieran la oportunidad de ser discutidos, se difundieran, tenías que ser una autoridad. Si se difundían, era porque alguien había decidido publicar esa obra o invitar a esa persona a un debate radiofónico y esta decisión era prueba y consecuencia de la autoridad del actor. Y esto se acabó. Por fin, la justicia poética de Internet corona, dando oportunidad a la difusión de sus opiniones, a una miríada de autoridades distintas sobre cualquier materia, diciendo cosas dispares. Y ante la inexistencia de un índice maestro que diga quien tiene más autoridad que quien, el argumento de autoridad ha muerto. Porque, realmente, no estaba basado, necesariamente, en su calificación, sino en el poder de ser difundido, se ha ahogado en la competencia feroz del mar de información que es Internet. La próxima vez, antes de juzgar el maremagno de información de Internet como infobasura, recordemos esta reflexión: quizás sea esta infobasura la que nos ha obligado a sacar el as del espíritu crítico de la manga, ese as que habíamos olvidado, confortados como estábamos de que los libros o la tele no engañaba.
…fit condamner le livre par des jurisconsultes que ne l’avaient pas lu… [..hizo condenar el libro por jurisconsultos que no lo habían leído…] Micromégas, Voltaire


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